Por Miguel Ángel Cid Cid
La obra inició fuera de las tablas. La artista salió
de en medio del público. Mientras avanzaba, una joven la llamó ―Yiyiyi― la
actriz volteó, la desconocida le adelantó una maleta. El destino de la valija
sería competir por el protagonismo del monólogo.
El telón dejaba al descubierto el escenario. Estaba
abierto. En fin, la escenografía comprendía un mobiliario tan limitado que el
trabajo de ocultarlo era más complejo que dejarlo a la vista del todos.
La maleta salta a la vista como un enigma. Una
incógnita que puede interpretarse como un símbolo de migración. ¿Será que la
echaron de la casa? ¿O acaso salió en busca de una mejor vida? Una y otra
respuesta conduce a la migración forzada. Pero hay que descifrarla.
El forcejeo del sistema ―el verdugo― con La Tirana
―la víctima― interpretada por Lisandra Hechavarría Hurtado, no es una novela de
final feliz. La calamidad económica ―antes que política― construye un diálogo
perenne entre el éxito y la derrota.
La Gran Tirana, por derivación, se consume en una
meditación repartida entre una habitación cuasi desolada ―vacía― y la promesa
de conquistar la fama. Entonces, en esos sueños la Tirana va llenando la maleta
de una nueva carga simbólica. La convierte en el espacio donde habitan los
recuerdos.
En la valija se divisan los niveles del arraigo
nostálgico y el desarraigo dador de tranquilidad dosificada. Los recuerdos,
forma de consolación para hacer invisible la nostalgia agónica del migrante.
Sin embargo, La Gran Tirana conoce el terreno en el
que está pisando. Por eso dice: “Igual que en un escenario / finges tu dolor barato”.
Luego remata: “Tu drama no es necesario / Ya conozco ese teatro”. O sea, La
Lupe ―La Gran Tirana― conoce las entrañas de la hipocresía vendedora de sueños.
Continúa guardando en la maleta, no obstante,
sueños, ilusiones, esperanzas, deseos de fama… Y, sobre todo, que un día llegue
el amor que nunca vendrá.
Parafraseando a La Lupe, Lisandra Hechavarría
desmonta la farsa, le dice: “Mentiroso, qué bien te queda el papel, parece que
esa es tu forma de ser”.
El escenario simula el domicilio regular de un
migrante latino en un país del mismo rango de desarrollo. No hay camas apiladas
ni sofá transforme, de esos que se vuelven camas en las noches.
Unos trastes sencillos, un exhibidor de ropas,
vestidos saturados de lentejuelas de colores diferentes completan la
escenografía. Las lentejuelas se confunden con las que luce la Magdalena de
Joaquin Sabina en su paso por la carretera.
En los rincones se divisan botellas de ron y de
whisky. En el centro hay una olla repleta de agua bendita y varias velas
encendidas. Como para hacer presente el ritual mágico religioso que libera de
los dolores eternos.
Un rito para olvidar la doble vida a la que obliga
el cabaré, el desamor o la decepción.
“Todos me adoran por lo que hago en el escenario.
Porque ellos quieren hacer lo mismo, pero no tienen la suficiente libertad para
atreverse”, dice La Tirana. Ese es su grito de despojo.
Ese grito de la Yiyiyi se asemeja al paño que
Penelope teje de día en la Odisea y lo desteje por la noche. Solo así podría
justificarse a sí misma la esperanza del regreso de Aquiles. El amor deseado.
La obra La Gran Tirana se puso en escena en la sala
Julio Alberto Hernández del Gran Teatro del Cibao el 28 de agosto recién
pasado. El autor del monólogo es Gerardo Fulleda de León.
Lisandra Hechavarría Hurtado, sin embargo, la interpretó
de manera magistral sobre las tablas cibaeñas. La dirección estuvo a cargo de
Robison Aybar.
En suma, la obra demuestra que, con los efectos del
alcohol, el tabaco, el amor y el desamor se podría componer una liturgia
simbólica. Partes de un rito para expresar la frustración por la injusticia con
que paga la vida a los “desterrados de la tierra”.
Pregunto: “Según tu punto de vista”, ¿quién es la
mala? “¡Ay!”

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