Por Roberto Valenzuela
El perpetrador del ataque terrorista de
Oklahoma City, Timothy McVeigh —conocido con el apodo de “Fideo McVeigh” o “El
Flaco”, diríamos en buen dominicano, por su delgadez— era un infante de marina
con un enfermizo resentimiento contra el gobierno y su pueblo.
Ocurrió el 19 de abril de 1995. Un camión
cargado con explosivos estalló frente a un edificio gubernamental y dejó la
cifra de 168 muertos. Fue el acto terrorista más mortífero en suelo
estadounidense hasta entonces, una marca superada seis años más tarde por el
atentado del 11 de septiembre de 2001.
Las agencias de prensa señalaron que
McVeigh, excombatiente de la Guerra del Golfo Pérsico, indicó que cometió el
atentado en venganza por la intervención de agentes federales contra el rancho
de la secta de los Davidianos, en Waco, Texas, donde fallecieron 83 personas,
entre ellas 23 niños. Increíblemente, ocurrió el 19 de abril de 1993, tras un
asedio policial de 52 días.
Una de las críticas de la opinión pública
—de la prensa de la época— fue que las autoridades utilizaron un exceso de
fuerza militar y que el incendio del recinto davidiano habría sido provocado
por las bombas lacrimógenas lanzadas por los agentes.
Según una crónica del Listín Diario, entre
las 168 personas que murieron a causa de la explosión en Oklahoma City, 19 eran
niños menores de seis años que se encontraban en la guardería del edificio
federal. Más de 680 personas resultaron heridas.
La potencia del explosivo, elaborado a
base de fertilizantes (abono) y materiales de uso común dañó 312 edificios en
un radio de 16 manzanas, y destrozó 86 automóviles. Causó daños por unos 652
millones de dólares, según informaron autoridades estatales.
Este escrito es un fragmento de un
artículo publicado tiempo atrás, motivado por nuestra preocupación ante el odio
y la violencia política, que incluso han afectado al presidente de Estados
Unidos, Donald Trump, víctima de varios atentados, por suerte todos fallidos.
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