Por Juan T H
Ante los efectos
negativos de la guerra de Estados Unidos, Israel e Irán, que pone en riesgo la
estabilidad y la gobernabilidad en prácticamente todos los países del mundo, incluyendo
el nuestro que no produce petróleo, el presidente Luís Abinader ha convocado a
un dialogo a las “fuerzas vivas” de la nación, recibiendo el apoyo de diversos
sectores políticos, económicos y sociales.
Ante el llamado
del presidente Abinader se han expresado distintos grupos empresariales,
sociales y políticos.
Siempre he
considerado que los “consensos” son propios de gobiernos dictatoriales, autocráticos,
no de regímenes democráticos donde prima la pluralidad y donde los intereses de
clases se manifiestan con todas las garantías de libertad. Tal es el caso de la
República Dominicana donde tenemos un presidente que es garante de los derechos
de todos para decir lo que piensa y actuar en consecuencia.
En ese sentido, el
presidente Abinader ha lanzado la bola; está en el otro lado de la cancha, como
en un juego de tenis.
No es la primera
vez que Abinader llama a la unidad, al consenso, para encontrar soluciones a
las crisis que periódicamente atraviesa el país. Lo ha hecho en otras
ocasiones, como también lo han hecho otros presidentes que le antecedieron en
el cargo. En ocasiones el llamado a la “unidad nacional” no se logra. Se pierde
tiempo, energía y hasta dinero, sin que se logre lo deseado.
Cuando Abinader
llama al dialogo lo hace de buena fe, no actúa demagógicamente, ni busca
beneficios políticos y mucho menos electorales. No está en campaña electoral.
Es decir, no busca votos, ni engañar a nadie. Su llamado es fruto de una
preocupación sincera al ver como se deteriora la situación geopolítica.
No estoy en
desacuerdo con Abinader cuando procura reunir a todos los sectores para la
elaboración de un plan para enfrentar la crisis que amenaza con prolongarse y
poner en juego el clima de libertad y bienestar que vive el país, sobre todo de
un pueblo que “piensa con el estómago”.
El que quiera
participar en la discusión, que lo haga, el que no esté de acuerdo, que no lo
haga, que lo diga y no participe. Es el derecho de cada uno.
Ahora bien, el
presidente Luís Abinader fue elegido mayoritariamente por el pueblo para tomar
decisiones, no siempre simpáticas, no siempre agradables. Muchas tienen un
costo político, un riesgo que debe tomarse.
En ese sentido, “venga
gente, venga pueblo, vengan todos”, pero el que no lo desee, el que no le
quiera, por una razón u otra, que se quede. Así funciona el sistema democrático. Pero eso no impedirá el plan, ni la toma de
decisiones.
El sacrificio debe
ser de todos: gobierno, empresarios, políticos, partidos, senadores, diputados,
alcaldes, regidores, etc. Todos tenemos que apretarnos los cinturones. Los que
más tienen, son los que mas deben aportar. Como el cuento de la monja madre superiora…
Los pobres no
tienen nada que perder, porque nada tienen. Solo su pobreza; los ricos, en cambio
son los que tienen mucho que perder, porque tienen mucho, casi todo.
Para enfrentar la
crisis hay que tomar medidas urgentes. Revisar las exenciones fiscales que
sobrepasan los 300 mil millones de pesos al año, la evasión de impuestos, el
contrabando, el subsidio a los partidos políticos, los subsidios y planes
sociales del gobierno, la compra de vehículos para uso oficial, la mafia de los
combustibles en las instituciones públicas, los impuestos al juego de azar, a
los vicios, eliminar las dos exoneraciones de vehículos a senadores y
diputados, darle solo una, etc., etc., etc., (Hay que terminar con los
privilegios que enriquecen a los ricos y empobrecen a los pobres)
Con crisis o sin
crisis, esas medidas tienen que ser tomadas por el gobierno, con o sin
consenso.
El presidente
Abinader debe propiciar un “Pacto Social” equilibrado, justo, que garantice una
distribución de las riquezas del país con un sentido social más igualitario que
permita en mantenimiento de la gobernanza y la paz.

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