Por Miguel Ángel
Cid Cid
¿Quién que viva
en Santo Domingo o Santiago de los Caballeros no se ha transportado en un carro
de concho?
El carro de
concho es un medio de transporte muy peculiar. El auto, en primer lugar, debe estar
vuelto una chatarra. “No es rentable “conchar” con carros nuevos.”
Los dos asientos
delanteros están vestidos con polo-shirt de tela gruesa y ajada, bien manchados
con grasa quemada. Es normal que en los
bordes le sobresalgan alambres de acero, de los que amortiguan el
movimiento.
En la ventana
izquierda, donde está el chofer y el centro de control del vehículo, es
habitual colocar un trozo de cartón. Cartón que funciona como parasol y evita
la exposición directa de los rayos del sol sobre el sufrido obrero de las gomas
y el volante. Algo que sirve para proteger el conductor de la insolación.
Las paradas abruptas
e improvisadas en las esquinas más concurridas, los pésimos estacionamientos y,
en general, el manejo temerario, es la pauta cotidiana del chofer de
concho. Esa práctica, esa ley
consuetudinaria, sirve para entorpecer el libre desplazamiento de sus propios
colegas y de los vehículos privados, en franca violación de las leyes de
tránsito.
Los pasajeros,
por su parte, van como sardinas en latadas. El chofer los trata como si
estuviera haciéndole un favor, nunca como a un cliente. De modo que si a alguno
se le ocurre reclamar el respeto debido, de inmediato, sin dar chance al
propietario del carro, otro pasajero expresa, “¡si usted quiere ir cómodo pague
un taxi!”
En los inicios
del siglo XX, se construyó una vía férrea desde Puerto Plata hasta la ciudad de
Santo Domingo. El objetivo del tren consistía en transportar las mercancías
agrícolas producidas en el Cibao, hacia la gran urbe capitalina. Hoy, de los vagones
y la máquina de carbón, solo quedan las ruinas.
Es historia
patria que los gobiernos de turno se empeñan en establecer líneas de transporte
colectivo, adquieren en ¿concurso público? flotillas de autobuses (guaguas). De
seguro que por su memoria estarán pasando ahora las Banderitas de Balaguer, las
Onatrate de Jorge Blanco, las OMSA de Leonel y Danilo: proyectos fracasados sin
excepción. ¿Por qué?
Acaso no mueve a
sospecha, el hecho de que estas iniciativas modernistas inician su deterioro
estrepitoso al final del mismo gobierno que las estableció y defendió con
vehemencia.
Bajo ninguna
circunstancia quiero descargar toda la responsabilidad en las gestiones
periódicas de gobierno, sin duda, a estos les corresponde la mayor cuota. Creo
prudente resaltar el sabotaje de las empresas transportistas con sello de
sindicatos; el descuido voluntario de los funcionarios designados para dirigir
los proyectos.
De su lado, los
ciudadanos y ciudadanas, principales beneficiarios tienen un escaso sentido de
propiedad “empoderamiento”, “eso es del gobierno” afirman en tono de desprecio.
La clientela para las guaguas es irrisoria “yo no monto en guagua, eso es para
pobres” dicen.
El gobierno por
su parte, se resiste a asumir una decisión firme, con criterio profesional y
regulación clara, que castigue a quien lo violente. La medida debe implicar un
sistema de educación para el uso eficiente del servicio, que incluya a usuarios
y operadores, donde cada parte se sienta dueña de su guagua.
Frescos están los
conflictos generados entre los “sindicatos” con el Metro de Santo Domingo, por
el establecimiento de las rutas alternas al Metro. Sin que se piense que es del
todo correcto, la decisión del gobierno ha sido clave para mantener viva la
primera y segunda línea que ya están operando.
La gente se
acostumbra al Metro, ¿es posible acontezca lo propio con las guaguas?
Miguel Ángel Cid
Twitter:
@miguelcid1
17febrero 2016

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