Por Menegildo Cruz
Hay muchas razones por la cual un líder se debilita: por sectarismo, por
creer que tiene suficiente apoyo, por formación ideológica o por formación
burocrática.
Un dirigente sectario se considera tener la verdad absoluta, generalmente
actúa por órdenes de un jefe superior para ser agradable, le gusta humillar al
débil, deja sin respuestas al ser cuestionado y fácilmente se ofende cuando se
le hace reclamos o no recibe el apoyo de sus seguidores.
Un líder que no escucha (sordo) se va a
la deriva, el trabajo en equipo casi es imposible por su conducta egocéntrica,
quiere que lo sigan sin condiciones, esto motiva a la división y desorden en un
grupo.
Este tipo de dirigentes lo tenemos en los clubes, partidos políticos, sindicatos y hasta en el núcleo familiar, son los protagonistas en el escenario.
Estamos ante una crisis de valores donde
el liderazgo se aferra a dirigir autoritariamente sin escuchar ni aceptar
propuestas de consenso imponiendo una cultura personificada, una cultura de yoismo.
Aplica el yo cancelo la reunión, yo hago
el programa, yo hago lo que conviene, yo publique el comunicado, yo hago la propaganda,
yo mando con apoyo del jefe, yo hablé con el presidente.
Todo esto es yoismo, términos usados
para demostrar un comportamiento en la vida política. Un mal ejemplo para la
juventud y el núcleo social que dirige.
El yoismo concentrado en un jefe es dañino, el liderazgo se debilita y el enemigo aprovecha la coyuntura para conquistar adeptos a favor de su partido o grupo.
Lo ideal sería un liderazgo democrático, parlamentarista, negociador, humilde, y sobre todo habilidades para interpretar el sentir de sus seguidores e impregnar confianza para bien común.

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