Por Sergio Reyes II
Al final de un angosto camino que traspone los limites urbanos y se adentra en terrenos de vocación agrícola compartidos con crianzas de la más variada especie, se vislumbra un silencioso altozano que emerge en medio de la hirsuta llanura como único obstáculo que interfiere la mirada libre hacia el Oeste, allende el Masacre, en la ruta a Juana Méndez y otros poblados del norte de Haití.
No reclama, este
lugar, la pomposa calificación de Necrópolis con la que eran denominados en el
pasado los recintos destinados al descanso eterno de los restos –y las almas-
de los fallecidos, a tono con las creencias animistas, vigentes en materia
religiosa.
Tampoco reivindica
una inalcanzable condición de Colina Sacra, dada la reducida elevación con que
cuenta y que, apenas, le permite al visitante elevarse algunos palmos para
otear, en lontananza, los espacios circundantes y percibir el cálido aliento
del sol, disipado apenas por alguna ráfaga de brisa con la que, de cuando en
cuando, nos regala la compadecida Madre Naturaleza.
Sin embargo, con
todo y la discreta soledad que sobrecoge el alma, a este simbólico recinto
enclavado en la Colonia Japonesa de La Vigía, en Dajabón, le adorna una serie
de cualidades que, a la par con su condición de centro de veneración religiosa
y recordación familiar, le convierten en un interesante ícono cultural y un
referente, quizás único en la República Dominicana, del provechoso paso y
estadía en nuestras tierras de los hijos de la Tierra del Sol Naciente: los
esforzados y honestos inmigrantes de origen japonés.
En efecto, tan
pronto nos adentramos en el reducido espacio rectangular que corona la parte
más alta del leve promontorio al que hemos hecho mención, nos apercibimos de
que estamos en los umbrales de una experiencia que trasciende los sentidos y
nos transporta a espacios en los que prima el estricto apego a las normas del
honor, a los principios que norman la convivencia entre los humanos y, lo que
es más aun, el respeto a las reglas que moldean la formación del individuo, adquiridas
en el marco de un riguroso entorno religioso y familiar.
Un cálido sol
mañanero, como es usual en el ámbito de la Línea Noroeste, acicateaba nuestros
pasos, aquel día. Sus rayos descolgábanse furibundos y penetraban, junto a
nosotros, por el discreto portón que franquea el paso al camposanto. La
construcción del recinto y la disposición de su línea de avance, como queriendo
atrapar al vigoroso astro rey en su afanoso recorrido en dirección Este –Oeste,
hace volar los pensamientos a un sinfín de nostalgias y recuerdos que, como
legado cultural, tienen sus raíces en el lejano archipiélago asiático de donde
provinieron, siete décadas atrás, los nobles inquilinos que ocupan en el
presente las emblemáticas tumbas que tenemos a la vista.
Y en efecto,
dispuestas a la manera oriental, a tono con los usos y creencias religiosas que
acompañaron los pasos de los colonos nipones en una tierra extraña que al final
terminaron adoptando como suya, este conjunto de monumentos funerarios sigue
una orientación Norte-Sur, de tal suerte que la posición de la cabeza del
finado siempre se encuentre colocada hacia el norte.
Portentosas moles
rocosas de estructura similar a las que abundan en las riberas de los ríos de
la región, o piezas rectangulares labradas en sólido granito, se encuentran
colocadas en posición vertical, a la manera de los menhires usados por las
antiguas civilizaciones e incrustados en la parte central de la mayor parte de
las tumbas que constituyen este curioso cementerio. En algunas, la
identificación ha sido lograda con losas de mármol finamente moldeadas, hasta
lograr un impresionante efecto de pulcritud y delicadeza.
Y, finalmente, en
otros casos -los menos- las sepulturas cuentan con un rústico trozo de madera
colocado allí de manera provisional para indicar el lugar en donde -según se
nos informó-, cumplido el plazo prescrito por los usos y la cultura de los
inmigrantes en cuestión, será colocada, de manera definitiva, la losa de
concreto o cerámica con la tarja o la roca que identifique los restos de quien
allí reposa.
Interesantes
símbolos, trazados en el idioma nipón, se encuentran estampados, mirando al
sur, en la parte frontal de las tumbas, ya fuese en los menhires verticales,
las lápidas a que nos hemos referido o los trozos de madera colocados de manera
temporal. En todos los casos, la inscripción con los nombres se encuentra
estampada en el centro y, en adición a ello, en los laterales se encuentran los
registros alusivos a las fechas de nacimiento y muerte, entre otros detalles
complementarios.
El proceso de
integración cultural -en ambas direcciones- verificado en el seno de la pujante
población dominico-japonesa de La Vigía ha permitido una distensión en las
costumbres y usos funerarios seguidos a pie juntillas por estos inmigrantes,
luego de su establecimiento e inserción en el ámbito de la provincia Dajabón,
en el año 1956. A ello se debe, quizás, la existencia de algunas tumbas con
grabados en idioma español y japonés; Más sintomático aún es el hecho de que
pudimos observar algunas tumbas rematadas con el inconfundible símbolo de la
cruz, que identifica a la grey cristiana.
En su paso por la
frontera y otros puntos de la geografía nacional, los nipones han dejado
estampada una estela luminosa en la que se destaca su disposición al trabajo,
su honestidad y su apego a las normas de conducta y la sana convivencia,
prendas que, a su vez, les han hecho merecedores del aprecio y el respeto de
toda la colectividad. La integración de los primeros colonos y los integrantes
de su segunda generación a las labores agrícolas, la ganadería, la elaboración
de diferentes derivados lácteos, así como en múltiples actividades en materia comercial,
agro-industrial, la actividad cultural y la vida social en general, ha
contribuido de manera significativa con el avance de la provincia y su
inserción en la ruta del desarrollo sostenible.
Muchos de esos
valiosos inmigrantes no están junto a nosotros en el presente: … fueron cayendo
en el camino y desde las fosas de los humildes cementerios de las comunidades a
las que ofrendaron sus afanes e ilusiones aún animan a los que quedan allí, y a
sus descendientes, a seguir adelante, engrandeciendo a esta Patria, que también
es suya.
( * )La Vigía:
destellos del Sol Naciente en la frontera. Reyes, Sergio. 2009.
Por ello, en la
misma medida en que reconocemos sus aportes debemos observar con respeto la
forma en que estos manejan sus asuntos espirituales y filosóficos, lo cual
constituye una muestra fehaciente del orgullo que sienten por el legado de sus
ancestros, al margen de otros credos y manifestaciones religiosas esgrimidos
por diferentes sectores de la población netamente dominicana.
En ese tenor,
entendemos que la comunidad de La Vigía y el resto de la población dajabonera
debe estrechar los lazos de amistad y confraternidad para con los remanentes de
origen nipón y sus múltiples descendientes, que vinieron a nuestra nación
huyendo a las devastaciones provocadas en su patria natal como efecto de la
Segunda Guerra Mundial (1939 – 1945) y siguiendo sueños de progreso y
bienestar. De igual manera, debemos respetar y poner en alto aquellos aspectos
relevantes de su cultura y su comunidad que son, a la vez, parte constitutiva
de los elementos representativos de la provincia que a todos nos deben
enorgullecer y que debemos proyectar en el país y el resto del mundo.
El cementerio
japonés, el monumento conmemorativo de los primeros 25 años de la inmigración y
el santuario de la Virgen de la Altagracia, implantado allí por los sacerdotes
jesuitas, así como las casitas originales construidas con madera y revestidas
de asbesto cemento -junto a otras obras de infraestructura que aún se mantienen
en uso-, forman parte del acervo histórico y cultural de la comunidad de La
Vigía, en el Distrito Municipal de Cañongo; por tanto, corresponde a las
autoridades municipales y a los integrantes de esa comunidad poner en alto
estos valores y ofertarlos al visitante como parte integral del patrimonio
cultural intangible de la provincia Dajabón y una muestra palpable de la
hospitalidad, la solidaridad y la hermandad, entre los pueblos del mundo.
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En el curso de los
días 1-2 de agosto 2026 estará celebrándose en el área central de la Colonia
Japonesa de La Vigía, en Dajabón, la segunda versión del festival DAJAPON FEST
2026, una vistosa actividad concebida para
resaltar los valores culturales, folclóricos, gastronómicos y religiosos -entre
otros aspectos-, que adornan a la pujante población de descendientes de
aquellos primeros colonos que arribaron a tierra dominicana en 1956, en busca
de rehacer sus vidas, laceradas brutalmente por el flagelo de la Segunda Guerra
Mundial y las ansias de poder que guiaban a los lideres de las grandes
potencias, en su afán hegemónico de repartición del mundo en áreas de poder.
Este escrito
constituye un solidario aporte del suscrito, en ocasión de la celebración del
citado festival y, de manera especial, a la reciente conmemoración -el día 26
de este mismo mes de julio- del 70vo. Aniversario de esa gran hazana con
carácter de Odisea, encaminada y sostenida de manera gallarda y decorosa por los
esforzados agricultores nipones que llegaron desde tierras lejanas a compartir
con nosotros sus virtudes, conocimientos, honradez y templanza.
Honor a quienes
rindieron sus respetos a la vida y un abrazo fraterno a sus descendientes, que
conviven, junto a nosotros, en tierras de Dajabón!

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