Las mujeres representan un segmento amplio donde el autoempleo y las microempresas son la norma
Por Fabricio Gómez Mazara
Una de las fortalezas que ha sustentado el
crecimiento económico de República Dominicana ha sido el poder femenino.
Mujeres decididas, resilientes y
solidarias; con poder sobre las decisiones públicas y privadas que han
impactado positivamente al ecosistema productivo, así como a las condiciones de
vida de sus descendientes.
Las mujeres evidencian un mayor nivel
educativo que el de sus pares masculinos. De acuerdo con el Banco Central,
respecto de la proporción de la Población en Edad de Trabajar (PET) con nivel
educativo universitario o mayor, las mujeres acumulan un porcentaje de 26.1 %,
mientras que los hombres alcanzan solo 16.1 %.
En 2025 se registraron 74,000 nuevos
empleos formales en el Sistema de Registros Laborales. De esta cantidad, el 53
% fue ocupado por mujeres, lo que refleja una mayor inclusión y participación
femenina en la economía.
Es decir, las mujeres dominicanas tienen
mayor nivel educativo, así como empleos más estables, cerrando históricas
brechas laborales y salariales.
Respecto al sector informal, las mujeres
representan un segmento amplio donde el autoempleo y las microempresas son la
norma. Esta realidad define la naturaleza del microcrédito como un modelo de
negocio distinto al de la banca tradicional.
Debido a restricciones regulatorias, los
bancos comerciales tienden a priorizar sus créditos en los hombres, ya que
estos dirigen negocios de mayor escala y poseen activos tangibles como
garantía.
En este contexto, las microfinanzas
encuentran su nicho en el mercado informal liderado por mujeres, donde la
estructura de los activos y el tamaño de las empresas responden a una lógica
financiera distinta.
El ecosistema dominicano de microfinanzas
actúa sustituyendo las garantías tradicionales por garantías sociales y
confianza, adaptándose a negocios de autoempleo que requieren préstamos
pequeños y plazos flexibles.
Bajo esta estructura, es más probable que
las mujeres acepten contratos sujetos a condiciones particulares como sesiones
de capacitación y esquemas de responsabilidad conjunta.
Esta disposición se debe a que su demanda
de financiamiento está condicionada por mayores restricciones crediticias. Al
contar con menos fuentes financieras alternativas, optan por modelos que se
ajustan a su necesidad de supervivencia.
Estas restricciones también actúan como un
mecanismo de control que termina favoreciendo al prestamista informal. Al
carecer de alternativas, la dependencia financiera de la mujer permite al
usurero sacar provecho a su vulnerabilidad para neutralizar el riesgo moral,
transformando la falta de opciones en ganancias extraordinarias para el
prestamista con menores costos de supervisión.
Ante la falta de acceso al empleo formal,
las mujeres valoran aún más el autoempleo. Esta carencia refuerza la
disposición en el pago de acreencias para preservar su única fuente financiera.
Estas características han guiado el diseño
de las políticas de crédito en el Consejo Nacional de Apoyo y Promoción a las
Micro, Pequeñas y Medianas Empresas (Promipyme), junto a dos requisitos
esenciales: la inclusión financiera y la diversidad territorial.
Respecto a la inclusión financiera de la
mujer, la cartera de créditos de Promipyme tiene la segunda mayor proporción de
mujeres en cantidad de créditos del sistema financiero con un 62 %, solo
superada por la cartera de créditos del Banco Adopem (65 %).
Desde nuestra llegada a Promipyme se han
desembolsado más de RD$16,775 millones, de los cuales el 51 % ha sido dirigido
a negocios liderados por mujeres.
La priorización del crédito a la mujer no
responde únicamente a criterios de equidad de género, sino a una estrategia de
optimización de activos basada en evidencia de comportamiento de pago y
estructura empresarial.
El análisis de la cartera reveló una correlación
inversa entre la participación femenina y la morosidad de la cartera.
Al cierre de 2025, la brecha de morosidad
del segmento femenino frente al masculino se situó en 4.8 puntos porcentuales a
favor de las mujeres. Financieramente, la mujer representa un “activo de
refugio” que otorga estabilidad al balance general de la institución.
Existen tres argumentos que explican por
qué prestar a las mujeres mejora la eficiencia económica.
Primero, la ley de utilidad marginal
decreciente establece que los rendimientos son mayores cuando se tiene menos
acceso a un bien o servicio.
Entonces, si las mujeres tienen menos
acceso al crédito, sus rendimientos marginales deberían ser más altos. Es
decir, pequeños préstamos generan mayores ganancias en negocios liderados por
mujeres que en los de sus pares masculinos.
El segundo argumento guarda relación con
la movilidad laboral en el sector informal. Las mujeres tienden a trabajar en
el hogar o cerca de este, lo que permite a los gerentes bancarios monitorearlas
a un costo menor.
Esta menor movilidad facilita el monitoreo
delegado en préstamos y reduce la incidencia del incumplimiento, debido a que
las mujeres valoran mucho su reputación financiera.
El tercer argumento es que las mujeres
tienden a ser más aversas al riesgo y más conservadoras en sus inversiones.
Esta conducta las ayuda a forjarse una
imagen de mayor confiabilidad, convirtiéndolas en apuestas más seguras para las
instituciones del sector financiero.
Es precisamente en este resultado donde
existe la mayor oportunidad de crecimiento para el sistema financiero nacional.
La Asociación de Bancos Múltiples de la
República Dominicana (ABA) lidera la iniciativa WE Finance Code, un instrumento
que ha permitido generar una visión clara y actualizada del panorama del
financiamiento con enfoque de género, identificando áreas claves donde existen
oportunidades para potenciar la participación de las mujeres en el sistema
financiero formal.
Los primeros resultados mostraron que el
58 % de los prestatarios en el sector informal son mujeres, frente al 27 % en
el sector formal. Este escenario abre posibilidades para mejorar las
estrategias que acompañen a las mujeres en la transición hacia la
formalización.
La evidencia empírica establece que dotar
a las mujeres de recursos financieros potencia el crecimiento económico.
De acuerdo con el Fondo Monetario
Internacional (FMI), aumentos en la participación económica de las mujeres
están vinculados con tasas de crecimiento del PIB más elevadas, resultados más
favorables en materia de desarrollo económico y una menor desigualdad del
ingreso.
Para nuestra gestión en Promipyme, el
crédito a las mujeres no es una concesión social ni una estrategia de imagen;
es una decisión racional de asignación de recursos.
Allí donde algunos sectores ven
informalidad y riesgo, Promipyme ha sabido identificar disciplina, retorno,
cumplimiento y mercado.
Invertir en las mujeres no es filantropía;
es entender mejor dónde están las verdaderas oportunidades de crecimiento. Es,
en definitiva, apostar por un desarrollo económico más inclusivo y sostenible.

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