Mañaná utilizaba su frase “lapidaria” y “amenazante”:
“¡Ayúdenme, que esto da vuelta!”
Por Roberto Valenzuela
Ahora que todo ha cambiado con la
revolución de las redes sociales, y que el periodismo tradicional ya no es el
mismo, hay que hablar de los buenos reporteros. ¡Sí, de aquellos! De los que,
en las décadas de los 80 y 90, y hasta bien entrados los 2000, llevaron sobre
sus hombros este difícil oficio.
Son muchos buenos o buenísimos —es imposible
mencionarlos a todos—, pero siempre he mostrado una especial simpatía hacia dos
reporteros que, a mi juicio, el Colegio Dominicano de Periodistas (CDP) debería
reconocer. ¡Y ahora que están en vida y con salud! No debemos esperar a que
enfermen o mueran para lamentarnos luego en un cementerio o al enterarnos de su
fallecimiento. ¡No! Tampoco cuando, al preguntar por ellos, descubramos que ya
no están en el mundo de los vivos.
Estos compañeros no solo se destacaron por
su profesionalidad, sino también por el cariño y la simpatía que siempre
generaron entre colegas. Eran —y siguen siendo— buena gente. ¡Gente de verdad!
Siempre de buen humor, incluso en los momentos más difíciles y de mayor
presión.
Porque el día a día de un reportero no es
fácil. ¡Para nada! En medio de ruedas de prensa, reuniones interminables y
crisis políticas que sacudían nuestra amada nación, ellos estaban ahí: haciendo
cuentos, soltando chistes, aligerando la carga. Y nosotros, inevitablemente,
terminábamos a su alrededor.
Me refiero a Wellington Carpio y Víctor
Mañaná.
Ambos conservan —todavía hoy— un muchacho
por dentro. Aunque adultos responsables, tienen el alma noble de niños
juguetones. Siempre “salen con una muchachá”, como diríamos en los barrios.
La frase “lapidaria” de Víctor Mañaná era
inconfundible:
“¡Ayúdenme, que esto da vuelta!”
Y eso, claro, cuando trabajando en medios
como El Caribe, El Siglo o Listín Diario, se daba una escapadita… ¡y llegaba
tarde a la fuente!
A propósito, hace unos días conversaba con
el buen amigo y buen periodista Camilo Javier sobre la influencia de Víctor y
sus sólidas relaciones en fuentes clave: Fuerzas Armadas, Policía Nacional y el
Palacio de la Presidencia. Coincidimos en algo: Mañaná no solo informaba,
¡formaba! Se convertía en tutor y protector de los reporteros novatos.
Pero hay más. Tiene un “récord” no
escrito: cuando un periodista —novato o veterano— enfrentaba un problema, ya
fuera policial o de cualquier índole, incluso en la madrugada… ¡ahí estaba
Víctor! Defendiendo a gente que apenas conocía o ayudando a familiares de
colegas. ¡Así, sin preguntar mucho!
Sobre Wellington Carpio, lo vi
recientemente y le hice un pedido directo:
“¡Tienes que escribir un libro!”
Porque Wellington no solo es un gran
periodista; es, probablemente, uno de los reporteros mejor informados del país.
Maneja tanto lo que se puede saber… como lo que no se puede contar.
Ha sido testigo de soluciones a grandes
crisis políticas, de momentos decisivos en la historia reciente de nuestro
país. ¡De esos que no salen en los libros! Ha estado cerca de negociaciones
delicadas, amarres políticos, acuerdos tras bastidores entre presidentes,
empresarios, sindicalistas y miembros de la jerarquía católica.
Y, además, posee una memoria fotográfica
envidiable. Es detallista, agudo y, sobre todo, un cronista excepcional.
¡Un libro suyo sería un legado invaluable!
Aportaría enormemente a las nuevas generaciones de reporteros y a todos
aquellos que sueñan con entrar en este oficio.
Porque historias como estas… ¡no se pueden
perder!






