Por Miguel Ángel Cid Cid
Todo cambia, excepto el cambio. En esa trampa
dialéctica ha sido atrapada la sociedad dominicana. Invadida por la mano
invisible del mercado ahora vive patas arriba. La forma de votar es la
excepción a la regla.
La internet no solo trajo redes sociales, descontrol
y apertura en la comunicación, relajamiento del ejercicio del periodismo, trajo
más. El boom del supermercado, los productos exóticos y el consumo masivo.
Las grandes cadenas han abierto sucursales como si
fueran pulperías. Parece que ningún rincón del país quedará huérfano de un
supermercado gigante. Hay uno en cada esquina.
Los establecimientos chinos son otra historia.
Entran en otra categoría, los llaman megatiendas. En las tiendas chinas puedes
adquirir de todo. Desde un combo para acondicionar el pelo que incluye: rolos,
pinchos, peines y alisador, etc., hasta un juego de bisturí para cirujanos.
Cuando el dominicano promedio decidía tomarse un
trago era muy fácil. Solo tenía que barajar entre cuatro marcas de ron. En
navidad se complicaba un poco más, la disposición era entre tres marcas de
vino, una de licor y dos de ponches. Las cervezas eran escasas.
Brindar con un trago de whisky era sinónimo
de riqueza. Había que esperar, por ejemplo, que viniera un familiar de New
York con un litro de regalo. La otra opción consistía en comprarlo a
escondida a los turcos de Santiago de los Caballeros que lo vendían de
contrabando. Un lujo peligroso.
La vorágine consumista promovida por el mercado
borró todo eso. Resolver que tomar ahora
requiere visitar la tienda con un asesor especializado. Las marcas de ron, whisky,
vino, cervezas, tequila, vodkas, ponches, licores, etc., se cuentan por
millares.
La invasión sigue indetenible. Es un fenómeno
brutal. Las actividades más complejas de la tradición, igual que las más
sencillas y simples dieron paso a nuevas formas de comportamiento.
Pero el vino se vincula a las costumbres refinadas, a
comportamientos calculados. Que una copa, que debes cuidar cómo y por dónde
agarras la copa, que el calor de tus dedos pone el vino agrio, entre otras. Se
complica el disfrute.
El ron, por el contrario, se relaciona con
costumbres arraigadas en la cotidianidad dominicana. Nada de parafernalia, nada
de vasos, nada de cristalerías. El ron viene para compartir en cualquier
circunstancia. Hasta a pico’e botella se comparte.
Compartir un trago de ron en la tradición criolla
significa adentrarse en lo más íntimo de la condición humana. Expresa la
consumación de la confianza entre los convidados.
La confianza expresada en el compartir un trago de
ron a pico’e botella es necesaria para cambiar la forma y la razón del voto.
Porque votar en las elecciones —todavía a principio
de los años 80— era diferente. Sin embargo, el cambio se produjo sin que
influyera el mercado. Los supermercados se podían contar con los dedos de la
mano.
Los ciudadanos se proponían elegir a quien les diera
garantías de un buen gobierno. Se limitaban a votar sin reclamar dádivas
humillantes. Es decir, para la época nadie votaba por el que va a ganar. Votaba
por el mejor.
Pero los recursos se multiplicaron, el clientelismo
adquirió categoría legal. El barrilito hizo su aparición, los bonos de navidad,
los combos para las habichuelas con dulce, bonos escolares, cajas y árganas
repletas de productos también llegaron.
No podía quedarse, se aprobaron leyes para consagrar
la transferencia de miles de millones de pesos para financiar los partidos
políticos. Entonces el voto les siguió la corriente. Cobró valor agregado.
Esa práctica clientelar se ha enraizado en la
sociedad dominicana en tiempo récord. La forma de votar en las elecciones
—desde entonces— sigue tan campante como Johnny Walker, el flaco del
anuncio aquel.
Nada es eterno en la vida. El sistema político y
electoral dominicano debería evolucionar. Qué importa si la mano invisible
influye. Si quieren evitar colapsar tiene que cambiar.
No creo que los dominicanos sean los que le quiten
la razón a Heráclito. Por eso deben comenzar a cambiar la forma de votar. Para
que el cambio siga siendo la excepción.
En suma, votar para castigar, votar para una
repartición justa de los millones. Votar por partidos minoritarios para que se
conviertan en mayoritarios. Ese es un voto solidario.
¿O prefieres seguir alimentando a los puercos
gordos?